Rodrigo Alejandro Santos Candray
Estudiante de Sociología -UES-
Últimamente he estado leyendo la novela “La hora final”, de Nevill Shute, es una novela de ciencia ficción, donde explora la dinámica de las relaciones humanas dentro del desahucio que conlleva la guerra nuclear. Es la primera novela que leo, y personalmente me ha gustado mucho, especialmente por el mensaje implícito que transmite.
¿Cuál es este mensaje? De forma cliché lo describiría cómo “la esperanza es lo último que muere”. Y aquí es donde deseo detenerme, muchas veces se hace mención al amor, como la emoción más humana existente, junto al miedo; empero, considero que la esperanza es la cúspide emocional del ser. ¿Por qué?
De la esperanza pueden partir distintas emociones, la alegría es una consecuencia de ella; el miedo es la ausencia de esta; el amor representa el anhelo de que algo se cumpla. La esperanza está arraigada en cada una de las emociones que sentimos, porque somos personas con sueños y anhelos distintos, cada sentimiento vivido tiene cómo origen el ansia de que algo suceda, y cuando dicha ansia no se cumple son las sensaciones negativas las que nos invaden.
Las dinámicas sociales de igual forma se ven modificadas por este sentir, porque todos tenemos esperanzas de que cada una de las personas cumpla un propósito para nosotros: en las amistades, que sean personas en quien podamos confiar; en los noviazgos, que se pueda construir un futuro; en la familia, superar la generación anterior y preparar a la venidera; en el país, que el pueblo tenga el trato digno que se merece. Y claro, se puede argumentar que lo anteriormente mencionado son expectativas, y en cierta medida hay razón en el argumento, sin embargo, dichas expectativas son concebidas desde la esperanza de una mejoría de la situación actual.
Imaginarse una vida sin esperanzas es imposible, somos seres ambiciosos, por lo tanto, somos seres esperanzados, y ante la ausencia de dicho sentimiento mucha gente voltea a su antónimo, el pesimismo. Esto representa un problema enorme socialmente, una sociedad pesimista es una sociedad derrotada, dicho de otro modo, una sociedad pesimista es una donde no se busca un cambio. Cuando un país está en el camino correcto, eso queda evidenciado en la motivación social.
El pesimismo es tóxico, contagioso y silencioso. Muchas veces se inmiscuye en el tejido social como una idea inocua, como un “así son las cosas”, inclusive me atrevo a enunciar que es una enfermedad hereditaria, donde los padres son los primeros en instituir el pesimismo a sus hijos mediante el uso desmedido de mentiras para vestir un mundo desnudo.
Combatir esta noción es complicado, considero que dicha forma de percibir el mundo se ha vuelto algo cultural y sistemático, y eso se supera rompiendo los viejos paradigmas. La familia, la educación y el gobierno juegan un papel importante, ya que son ellos los principales agentes que modelan la realidad, y deben encargarse de legitimar una forma de vida superior, una forma que fomente el crecimiento de cada persona en los ámbitos socioculturales más importantes, de tal forma que el crecimiento profesional implique el crecimiento del país, porque la vida es mucho más que eso.
Si bien considero que el pesimismo es el pensamiento que se ha tratado de arraigar en las sociedades modernas, dichas sociedades pueden romper esa situación debido a que están formadas por humanos conscientes, por personas que sienten, que aman, que sufren, viven y que, en el fondo, quieren construir la historia, no sufrirla. Aunque el pesimismo sea quien comande la visión general del mundo, somos personas que mantenemos las esperanzas, cada mañana despertamos con esa espina de: “tal vez hoy será mejor”. Vivimos esperando que algo mejore, porque esa es la naturaleza humana.
El ser es una discusión compleja, las incidencias sociales de lo que éste siente aún más. Quiero ser atrevido y aseverar que lo que nos mantiene como humanos por sobre todo, es la capacidad innata de ser esperanzados, el sueño eterno de que todo estará mejor; la creencia misma de que hay algo después de la muerte; la expectativa lógica de que todo se puede resolver. Esta facultad intrínseca ha sido el motor de cada sociedad en la historia planetaria.
No podemos ser personas huecas cuando el país se está transformando, hay que inmunizar el tejido social para que no sucumba a la droga del pesimismo, necesitamos construir una realidad acorde a la naturaleza humana, necesitamos destruir el pesimismo sistemático que nos aqueja, porque sólo así seremos capaces de sobreponernos a las injusticias que hemos heredado durante décadas, sólo así seremos capaces de acompañar la reinvención del país.