Alejandra Sofía Alvarenga Velásquez*
Estudiante de Sociología, UES
¿Cómo empezar a describir a un salvadoreño, y a todas las máscaras que guarda tras de sí? Esas máscaras representan no sólo la realidad tangible, sino, también, todas esas capas invisibles del alma colectiva del salvadoreño, las que usa para ocultarse y, cuando se despoja de ellas, para revelarse tal cual es.
Desde el nacimiento, manchados de rojo sangre, llorando amargamente como si de dolor se tratase, y probablemente así sea, dolor causado por vidas pasadas, heridas abiertas, cadenas y fantasmas.
El salvadoreño, de corazón blandengue y armazón de hierro, nace llorando, porque es la única circunstancia en la que se nos permite hacerlo sin temor al qué dirán; máscara roja que late y se interpone a todo.
Desde tiempos inmemoriales, el salvadoreño ha presentado fortaleza, piel dura y callos en los pies de tanto andar sin rumbo; descalzos, resistentes, y pisoteados por botas de cuero en los pies de los conquistadores que invadieron, y penetraron, nuestras fronteras y tierras vírgenes, cascos metálicos en sus cabezas, y sangre color rubí de nuestros antepasados en sus manos.
Dos siglos pasaron, desde la independencia de 1821, donde El Salvador y Centroamérica abolieron la esclavitud (después de Chile y Haití), república independiente, pero la lucha seguía.
Niños con disfraces de hombre, hombres con disfraces de monstruos, fusil en mano, lágrimas de lodo y sangre en el rostro, y piernas temblorosas, dispuestos a suicidarse en la lucha armada del siglo XX, rebeldes sociales que conocieron de cultura política democrática cosidos a fuerza de golpes y balazos.
Pero la guerra también estuvo encendida como hojarasca, a manos de mujeres de las que nunca se habla -como de costumbre-, niñas, adolescentes, salvadoreñas, madres escondidas que, aunque muchas veces -para no decir siempre- nos parece extraño y ajeno pensarlas en combate, desvirgadas, llenas de agujeros de balas de pólvora y odio, como consecuencia de combatir por el pueblo, existiendo sin existir en el imaginario oficial; y otras que, siempre en el campo de batalla, cumplieron la función de doctoras, cocineras, y madres de quiénes, en la guerra, dejaron de tener una.
Entre las ruinas que deja el pasado, el salvadoreño se levanta una, y otra, y otra, y otra vez, siempre pensando en que somos lo que hacemos por cambiar lo que somos, o nos han obligado a ser.
Fuerte, como el amatillo, siempre verde, adaptable, terco y de cáscara dura, jodidos pero contentos. Salvadoreños, como dice Dalton: “siempre sospechosos de todo”, y por si fuera poco, “los que nunca sabe nadie de dónde son”, porque ellos mismos no lo saben.
Al igual que el mexicano, descrito por Octavio Paz, el salvadoreño siempre crea lejanía, está lejos de los demás, del mundo, y de sí mismo. Dispuestos a guerrear y a darnos verga para defendernos, a nosotros mismos, a lo amado, lo creído y lo creado; ante esto, “la cultura del vivo” de los que nacieron medio muertos. Individualismo puro, la “inteligencia” del salvadoreño de sacar provecho de cualquier cosa, persona o situación. Tema viejo -a mi parecer- porque el salvadoreño es un desgarriate de etnias, pueblos y culturas. Salvadoreño, -el vivo- que vive del bobo, y su paradigma de “ganar es ganar”, no importa cómo ni a costa de quién.
La cultura del vivo, y su aparición diaria en cada acto de la obra de teatro salvadoreña.
Primer acto: el “vivo”, popular en la escuela por no apegarse a las normas e instrucciones, el que copia en todos los exámenes, el que no se queda callado, el que insulta de manera más rápida y creativa, el que ahueva, los que mejores notas tenían, los que mejores trabajos tienen.
Acto siguiente: el “vivo”, metiéndose a las filas del supermercado, del transporte público, de los cines, negocios y conciertos también; y así cada acto, ininterrumpidamente.
Dejando de lado nuestra viveza para hacer el arte de lo “incorrecto”, el salvadoreño destaca en muchas otras artes. Con sus manos dibuja, pinta, compone, escribe, escribe, escribe, y la sangre que -nuevamente- derraman dichas manos, es usada como tinta que inmortaliza la historia del presente que quizá no tiene futuro.
El salvadoreño, baila, canta, corre, danza, recita poemas a sus musas, y se levanta unido el pueblo para gritar el amor a su patria, y el odio a los gobernantes que conspiraron con su sangre como mercancía, para convertirse en sus colonizadores. No me puedo deificar y elevar un encomio para decir que nunca lo hice, porque la cultura somos todos, por el hecho de que está integrada a nuestra sangre y, por tanto, a nuestra historia.
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